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Un colchón de ominosas nubes juguetea sobre nuestras cabezas y hace
peligrar la cómoda ubicación que hemos conquistado en el balcón de Chacha. Hacia el
norte el rumor del tráfico compite sin suerte con el eterno estallar de olas contra el
malecón.
Chacha advierte nuestra curiosidad y sonríe mientras sorbe con fruición el mate que se
ha servido y que todavía es contemplado con una mezcla de sorpresa y recelo por sus
amigos de La Habana.
Durante horas hemos estado cambiando figuritas. Nosotros comentamndo nuestros padeceres y
esperanzas y ella introduciéndonos en la realidad flagelada de un país que no se rinde.
Durante su largo exilio Chacha ha aprendido infinidad de cosas como para llenar todas las
tardecitas del balcón. Con su voz ronca cuenta aconteceres y experiencias y su decir se
hace grato e insoslayable haciendo retroceder la incipiente tormenta que huye avergonzada.
Nos hace saber que el canto del Sinsonte es tan bello y cautivador que a veces hay quienes
no resisten tanto encanto y los apresan para gozar en forma permanente de tanta hermosura.
Cuando ello sucede los demás sinsontes despliegan una estrategia que sobrecoge: depositan
con sus picos semillas de frutos venenosos en la jaula del prisionero y éste no tardará
en ingerirlas hasta morir.
Chacha calla deslizando su mirada por los techos vecinos. Quizás esté repasando otro o
procurando la pausa simplemente para no turbar nuestro silencio.
A nuestra memoria acude un viejo relato que hemos escuchado tantas
veces en las madrugadas insomnes de la APE de la calle Vallée.
En las alturas descomunales de América se conoce como "vuelo de la muerte" a
aquel que el cóndor ejecuta al quedar ciego como consecuencia de las reverberaciones del
sol sobre la nieve.
Esta determinación ha derivado en una práctica, una especie de rito iniciático que los
padres desarrollan en el afán de educar a sus hijos.
En ocasiones, llevan a los pequeños hasta las alturas y no cejan hasta atrapar un
cóndor. Cumplido este objetivo le vacían sus ojos y lo lanzan a volar para que los hijos
contemplen el ultimo planeo, la majestuosa elevación del cóndor y su abrupta caída
sobre las laderas buscando el fin.
Pero... ¿qué objeto tiene?. ¿De qué manera una acción tan cruel puede servir de
lección de vida?. ¿Por qué, por qué?.
Las preguntas se agolpan vencen al rumor de la brisa jugueteando en las tejas. La
inquietud se agiganta hasta interrumpir la nueva ronda del mate amargo.
Entre todos procuramos la respuesta. Es probable que la crueldad esconda una infinita
sabiduría. Esos padres, tal vez, estén enseñando a sus hijos una lección que a Chacha
le resulta familiar en estas tierras...
La clave está ahí. El aprendizaje está allí. En las semillas que toma el sinsonte y en
la última evolución del cóndor. En ambas actitudes hay un hilo conductor, una sugestiva
y tremenda coincidencia. Es la manifestación de la voluntad de vivir de una sola manera:
con las alas abiertas, a pleno sol.
A plena vida.
Juan Carlos Pumilla