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Golpe a golpe
LA DESARGENTINIZACIÓN

Con demasiada frecuencia el tiempo hace estas jugarretas cuando se introduce en los meandros del pensamiento: hace veinte años, pero parece que fue ayer. Afuera, las exteriorizaciones eran de bronca resignación y alegría, en ese orden. Adentro, anticipando lo que luego habría de ser una constante (la escena nacional reducida y trasladada a un set de televisión), el político de rostro apergaminado citaba los últimos versos del poema con que nuestros abuelos solían comenzar sus rondas de consejos. Todos los incurables tienen cura, cinco segundos antes de la muerte, decía con voz grave y entrecortada.
Fue el final. O el inicio según se mire. Luego vendría lo que vino, las pautas de abril y la danza nocturna y solapada del terror y la muerte.
Fue en esos días en que, comoa tantos otros, secuestraan a Lucía Tartaglia. Meses más tarde nacería su hijo y, desde entonces, hay una madre y una abuela en la calle Estrada de esta ciudad que los busca y se estremece cada vez que tocan a su puerta.
Fueron los años en que los argentinos, al decir de Sábato, descendimos al infierno. Para ellos, para los pocos ellos, era la cúspide de una secuencia histórica que tuvo aristas esplendorosas en el unicato, luego con Uriburu y más tarde Onganía... nombres y situaciones para graficar los hitos más sobresalientes entre los intentos de factorizar la patria.
Fue un viento terrible de desolación y angustia. Se practicó la caza del hombre y esa caza dio frutos. Fue, sin dudas, lo peor que nos ha sucedido. Esto hay que decirlo, muchas veces, fuerte y bien. Decirlo para poder luego señalar que si alguien se hubiera ausentado en abril de ese año y retornara hoy encontraría que aquellos presupuestos de abril han sido corregidos y aumentados.
El político decía un canto de esperanza, pero todos, amigos y enemigos, estaban concientes que ese incurable moriría cinco segundos más tarde. Hoy se dice que nadie muere en la víspera. Que es lo mismo, pero no es igual. Todos saben que la víspera de este nuevo proyecto esta muy pero muy lejos.
Simetrías.
El ´76 pudo ser, si nos ponemos a buscar uno entre decenas de factores, porque aquella democracia venía malherida, inficcionada por sus propias contradicciones. La realidad de hoy es posible, entre otras cosas, porque la base electoral de este proyecto es inversamente proporcional al grado de adhesión social que tuvo la asonada.
Pero hay más diferencias. La sucesión infernal de golpes se sustentaba en el propósito de subordinar al país al esquema dominante, manteniendo sus peculiaridades. Hoy, tras la irrupción del nuevo orden mundial, el pretendido ingreso al primer mundo es atraído por la subyugante perspectiva de diluir a la nación en el objetivo de la globalidad.
Según se mire, este porvenir es peor. Pero no lo es en comparación de lo que el país experimentó durante esos siete negros años. A ésto le falta el ingrediente de aquello: el terrorismo de Estado, el campo popular como hipótesis de conflicto, el terror y la muerte.
Por ello la angustia de estos días: cada vez que suceden casos como los de Guardatti o Baigorria, cada vez que asesinan a un soldado como Carrasco o Rodríguez, en cada ocasión que la estadística nos revela, por ejemplo, que la cifra de muertos por violencia policial fue, en 1995, superior a los doscientos, sentimos que el cuerpo de esta democracia se arquea peligrosamente. Si algún día sus extremos se tocan habrá llegado el final de ese capítulo que se inició en aquella malhadada madrugada de 1976. Ese es el círculo que hay que romper.
¿Y cómo?.
En estos días en que la efemérides acucia habrá decenas de discursos para recordar la fecha. Quizás alguno contenga la respuesta.
Si no fuera así, nos gustaría sentir, por ejemplo, que la gran contribución al "nunca más" en La Pampa pasará por un denodado esfuerzo, oficial o civil, o mixto, que diga basta de palabras y de flores. Un gesto hacia el futuro: una flexión hacia lo alto que conjugue los cuatro requisitos para lograr una conquista: compromiso, recursos, tiempo y empeño. Con estos elementos, que la Provincia toda marche hacia el objetivo de procurar establecer los destinos de nuestros desaparecidos y las causas reales de las muertes de nuestros muertos. Esto y algo más: secundar el esfuerzo de Abuelas de Plaza de Mayo para recuperarnos al nieto de María Tartaglia, que está solo y espera.
He aquí una causa provincial.
No está mal avanzar en la tarea de reargentinizar nuestra realidad. Porque no otra cosa es recuperar la identidad de alguien que la ha perdido por la fuerza. A partir de aquí, todas las conclusiones son didácticas.
Una causa común, una gran causa. Un meta justa y buena que se eleve sonora y compañera. Fuerte y plural. Que se entone en todos los confines hasta que lo escuche ese joven de diecinueve años que somos todos nosotros.
Quizás algún día, a la vuelta de la esquina, este rumor de justicia y desafío lo encuentre y le cante. Le diga con firmeza los versos iniciales de Almafuerte que no se dijeron aquella noche. Entonemos juntos: si te postras diez veces, te levantas otras diez, otras cien, otras quinientas; no ha de ser tus caídas tan violentas, ni tampoco, por ley, han de ser tantas.

                                                                                                             JUAN CARLOS PUMILLA
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