
CRONICAS DE LA VOZ ESCANDIDA
MANIFIESTO
| "Y lo repito una vez más: por la alegría hemos vivido, por la alegría hemos ido al combate, por la alegría morimos. Que la tristeza nunca sea asociada a nuestro nombre". Julius Fucik |
Nos hemos convocado para hacerles saber de nuestras intenciones: el sur no
se doblega, los pájaros han cobrado vuelo. Y como si fuera poco, la historia se ha
acercado para hacernos conocer sus solidarias intenciones.
Es obvio que el perfil no está completo y que falta recorrer mucho camino. Pero la
América no es tan grande, al menos, no tan grande como nuestro cometido. Sepan ustedes
que no es una bravata, no son estas líneas un remedio para consolar orgullos ni para leer
en horas en que algún abatimiento recorra nuestro domicilio. Es tan solo la simple
convicción de que podremos, si al fin de cuentas lo venimos demostrando.
Es probable que frecuentemos algunas decepciones, como que lágrimas y sangre bañarán
los interiores de este territorio. Pero ustedes hace tiempo que se muestran decididos y
estos llantos y esas muertes son cosa irreversible más allá de que optemos por arquear
nuestras espaldas y besar dócilmente sus lustrosos botines.
Tendrán que saber también que estos puños en alto que el combate dejó como una
impronta (desde el fondo de la historia hasta Carpani) se han abierto para empuñar las
soluciones.
¡Qué desmesurados son los sueños cuando se pueden traducir en realidades!
La suerte ya está echada y vale una advertencia:
Es tanto lo que aguarda - el ministerio del goce y la hermosura - que no podrán existir
las frases bellas, los cantos de sirena, que nos hagan modificar esta pendencia. Pero,
además, nos deben tanto, debemos saldar tanta vergüenza, que resulta imposible trocar el
cielo por la tierra, volver a los collares de coloridas cuentas.
Señores:
Tenemos la sospecha de que nos temen y hasta miran con alguna seriedad nuestras proclamas.
Quizá algún velo sutil se les descorra que les permita saber que, en efecto, no
mantenemos convenio con la magia ni con la astrología. Tan sólo, con nosotros mismos.
Ese leve aleteo del oeste que causó tanto revuelo está asumiendo la forma de un tornado
que se lanza desde el sur con un destino.
Y ascenderá, ascenderá. Se elevará en la térmica del volcán de Centroamérica y
seguirá subiendo hasta tocar el cielo con las manos.
MENSAJE
Una constelación de globos negros inunda las plazas. Bocas crispadas se abren para lanzar un reclamo que reverbera en la inmensidad junto con las salpicaduras del cielo en que se han convertido esos mensajes náufragos.
Botellas al espacio.
Los ojos siguen la caprichosa trayectoria hasta el infinito a medida que una punzada de inquietud, una chispa de dolor se instala en el centro de la ilusión. Es la sospecha de que tampoco allí habrá nadie para recibirlas.
El ciudadano toma su lugar en la marcha y contempla por enésima vez la fotografía solarizada que impone la necesidad de no olvidar.
Es una leyenda perentoria, imperativa, que desnuda impotencia y angustia. Pero al mismo tiempo cómo somos. Cómo estamos.
Cuando el ciudadano era niño la memoria y el dolor se presentaban en la forma de una franja negra alrededor del brazo. Al llegar a su juventud no olvidar cobró figura de pañuelo blanco. Negro y blanco, la estética de un final de siglo dominado por los contrastes.
Entre una y otra expresión colectiva hay un clamor, un gesto que se extiende y crece. Como la bronca.
_ Señora de los ojos ciegos... ¿estás ahí?
Pero la justicia se está ajustando los breteles pues debe salir en la televisión. En realidad reflexiona el hombre de la marcha- la demanda colisiona contra su propia formulación. Es que la justicia existe o no existe. Esta es la cuestión.
Estamos frente a un dilema que amenaza con vencer al tiempo.
El empirismo de la calle enseña que cuando la propia justicia se convierte en otra desaparecida la impunidad sienta sus reales.
La impunidad. Y su lacayo, el silencio.
Esta es una historia más vieja que la injusticia.
En aquellos primeros tiempos del ciudadano, antes de las rondas, las paredes se entristecían con pequeñas retratos del rostro anguloso de Felipe Vallese. Sus ojos parecían reflejar algo que las reproducciones imperfectas de los mimeógrafos no alcanzaban a precisar.
Tristeza, era tristeza, piensa ahora el hombre que sigue las evoluciones de un globo negro hasta que desaparece tras una nube del mismo color.
El padre del ciudadano solía contarle que antes, cuando era joven, en tiempos de otras marchas y de pies hundidos en las fuentes, los carteles reclamaban otros nombres.
Otras caras para este itinerario de la impiedad y el desamparo.
¿Quién mató a Cabezas?
¿Dónde está Vallese?
¿Quién mató a Rosendo?.
Y treinta mil preguntas más.
Pero mucho más atrás. Antes de las rondas, de las plazas, de las marchas, de las fuentes. De danzas refalosas o de toldos quemados. Antes, lo que se dice antes, el cielo se teñía con otro interrogante:
¿Dónde estás, señor de la epopeya, primer desaparecido?. ¿Dónde tus huesos, lejos de tu tierra, lejos de tu mayo?.
Dos siglos de preguntas y los mismos dueños de las respuestas.
El tiempo es suficiente para establecer una lógica: a los que piden pan no les dan, a los que piden queso les dan un hueso. A los que insisten les cortan el pescuezo.
Acaso habrá que barajar y dar de nuevo, quebrar de una vez al as de bastos. Dejar de volver y comenzar a revolver. Esto es, volver a los orígenes. Completar lo que quedó pendiente. Esa es la deuda.
No está nada mal acariciar la idea en estos días de mayo y de recuerdos.
Repensar el otoño y aprender su lección: las hojas que caen retornarán en brotes nuevos. Es sólo cuestión de tiempo.
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