
La tumultuosa despedida de Willy El Elegante
Ana María Lassalle
"La vida es un estado mental" (del film "Desde el Jardín")
La mañana en que Willy Inchauspe, apodado El Elegante, me dejó, amaneció cosquilleante de sol y tan bruñida de verde como una bandada de loros recién lavada y de hecho era así, porque las Damas Lloronas habían acompañado en la víspera el entierro de una calandria gris con tal entusiasmo que las verbenas, pobrecitas, todavía trataban de recuperar su aliento con la ayuda de uno de los vientos más jóvenes, sin duda no muy ducha en la técnica de resucitar ahogados por la lluvia, que consiste en practicar respiración boca a boca.
De todos modos, el aire, vestido de azul desde muy temprano y con una nube con aspecto de merengue chantilly en el ojal, se tornó súbitamente perfumado -una mezcla importada del desierto, de hinojo y de tomillo- y estaba tan seductor que las Muchachas Médano estiraron voluptuosamente los brazos hacia él, sacudieron la larga cabellera dorada y salieron a nadar, pero muy hacia lo alto, por una vez decididas a coquetear sin enturbiar la bella claridad que, como una neblina, flotaba sobre el bosque.
A través de la puerta-vidriera, abierta hacia el naciente, se percibía el susurro de las Presencias aproximándose, sin prisa pero sin pausa, resueltas al parecer a acampar en la isleta de chañares próxima a la galería, porque la Rosa Herrera, el Correntino Salazar y Agner y Querenal, la mayoría de los capitanejos Gner y los otros Amados, muertos a traición o en combate y muchos de los Asesinados por Viruela compartían la anticuada idea de que una Muchacha no debe quedar sola en estos trances.
Petronila Pérez y las demás Cautivas se agruparon con la chusma a la sombra de los molles, que por ser Mala los otros despreciaban, y hubo también algunos arrojados que se echaron bajo la Sombra de Toro que apenas aguantaba el peso de los pájaros.
Venían en bandadas, los rechonchos petirrojos y los menudos leñateros, los tordos, las tijeretas y los carpinteros, los sietecolores y los enhiestos cardenales y luego se posaban, aquí y allá, regocijadas lentejuelas confortablemente instaladas sobre la trama verde del follaje.
Era de suponer que la noticia se había diseminado como el polen y por lo visto nadie quería perderse el espectáculo. Así es que muy pronto todo el mundo ocupó su lugar de la mejor manera posible y la zona del campamento quedó limpia de hormigas y de otras criaturitas de dios que se apartaron para evitar tumultos y accidentes nefastos, mientras las Animas desparramaban pilchas y utensilios en un silencio ominoso y solidario que no me atreví a romper dándoles los buenos días.
Al pie de las columnas que servían de soporte a la galería se apostaron las enormes arañas, con sus abrigos de piel y sin intentar ninguna explicación, porque al fin de cuentas la lluvia había pasado y no tenían nada que anunciar.
Aunque adoptaron un aire de soberana indiferencia vi que todos sus ojos apuntaban al cielo y supuse que sería para batirse en retirada en caso de producirse una invasión de arañeros, que las hipnotizan con la Danza de la Muerte antes de clavarles una espada en el pecho.
En cuanto a los torpes moscardones, más miopes que de costumbre y confundidos por una restallante resolana, rasgaban el silencio entre zumbidos, tropezones y caídas. Nadie les hacía caso y, de cualquier forma, de entre todos los Ruidos y Ajetreos, tan distintos a los aislados golpes y aleteos y voces apagadas que pueblan el crepúsculo, sobresalía con tal fuerza el que hacían las pititorras sobre el tejado pintado de rojo que era imposible diferenciar unos de otros, como no fuera esforzando debidamente orejas y ojos.
Porque, claro está, bajo mis pies latía el antiguo corazón de la tierra meciendo a los Antiguos, que aún portaban sus armas de hueso y yacían junto a los gliptodontes y, a ras del suelo, el pasto se movía, seña que los toritos y las gatapeludas y algunos de los escarabajos también se aproximaban y, allá lejos, tras de los fachinales y hacia la Loma Negra, los grandes mamíferos olfateaban la Primavera, vigilando que el viento no llegara atravesado de olor a hombre o a fuego o a amenaza de muerte y aguardando la hora de la luna, para bajar a las aguadas secretas donde seguramente estarían durmiendo las estrellas.
Puesto que todo estaba más o menos en orden -una viudita pendía como un pañuelo blanco en un renuevo temblequeante- entré y pronto el comedor se inundó de aroma a café, a tostadas y a miel y las moscas llegaron, dijeron buen provecho y se sentaron a la mesa.
Mientras tanto Willy hacía su maleta de cuero de chancho difunto, plagada de etiquetas, prueba de que había sido paseada por los más exóticos parajes del mundo, sobre barcos, camellos, trenes y elefantes, en la época en que los baúles y las sombrereras precedían la entrada de los caballeros y las damas a los hoteles, como un sonido de trompetas.
Había pertenecido al abuelo de Willy, alguien de la generación del ´80 extrañamente parecido a Julio A. Roca, que aunque no era responsable de la partida de ningún Nuncio Apostólico había estado probablemente poseído por el diablo, ya que sus libros figuraban en el index familiar. Su retrato ocupaba un sitial de honor en el petit hotel del barrio de Palermo, pero esa deferencia se debía a su condición de hijo dilecto de un degollado de los Libres del Sur y a su inmensa fortuna.
Siempre quise que Willy me diera más detalles sobre la intrigante vida de este gentleman vasco y aún en ese momento me atragantaba de preguntas, pero como tenía prisa por pasar el mal trago -las despedidas son tan amargas como una infusión de malvarrubia- me mantuve encerrada en un adecuado silencio.
Además, estaba fuera de cuestión el hacer enfadar a Willy en su último día y, por otra parte, una dama debe evitar mencionar los temas embarazosos y guardar en todo momento su compostura, su lenguaje y sus maneras.
En esto Willy, que había pasado su infancia encerrado en un colegio inglés, era muy estricto y me había explicado entre otras cosas que una señora debe sentarse a comer dejando entre su talle y el respaldar de la silla espacio suficiente para permitir pasar a un gato. El esfuerzo me provocaba dolor de espalda y encima me atemorizaba, ¿ porque quién sabe de lo que es capaz un gato a la hora de almorzar?
Y también me había transmitido un complicadísimo código de lenguaje. Tomemos por ejemplo los colores. Decir rojo constituía una gaffe imperdonable, colorado era la palabra correcta y aunque jamás pude entender por qué concluí que debía ser porque la gente de su clase nunca hace alusión a los bolcheviques -una forma de conjurar lo hechos históricos considerados desagradables- y mucho menos se dedica a la lectura de Maiacovski o de Esenin, poetas que disienten sobre si morir es más fácil que morir o viceversa, pero que gozan de mi predilección y me sirven para animar a las chicharras cuando es de noche y verano y todos aguardan, como en los bailes del Club Cochicó, que alguien haga punta para salir al ruedo.
Lo cierto es que Willy detestaba mi pasión por los libros -suelo sentarme a leer en la horqueta de un caldén centenario plagado de claveles del aire- y mantenía la íntima convicción de que el pensar demasiado puede provocar surmenage y era tal vez el orígen de lo que él denominaba mi creciente manía de conversar con los espectros.
En realidad yo solo respondía a las preguntas de las aves extraviadas, regañaba a las culebras que se colaban en la noche bajo la estufa de leña, llamaba a los gorriones a la hora de sacudir las migas del mantel y saludaba a las Presencias cuando pasaban junto a mi puerta, entre otro sinnúmero de menesteres.
Meditaba en todo eso entretenida en observar cómo Willy doblaba y guardaba sacos, camisas con monograma, breeches y pañuelos con pulso tembloroso y recordé que los Normales suelen atravesar por graves períodos de angustia -se los provoca la Conciencia, una implacable institutriz uniformada- que los vuelve tan inseguros como un nido de palomas en mitad de una tormenta.
Probablemente esa era la causa por la que Willy había elegido especialmente su atuendo de viaje, ignorando que olía a animales muertos, a esclavitud y a mujer emparedada en talleres, subterráneos y espantosas ciudades que, lo juro, nunca me atraparían.
Quiero decir que calzaba sus botas de polo y llevaba un chaleco de ante y un pañuelo de seda arrancada a la fuerza a los gusanos y todo lo demás, fatigosamente elaborado por tristísimas muchachas encorvadas y erizadas como sauces humboltianos sobre su labor y que -yo podía verlas a lo largo y a lo ancho del planeta- jamás aprenderían el lenguaje del viento.
En eso estábamos cuando el reloj cucú resonó en el comedor, y ambos supimos que había llegado la hora y las mariposas se alborotaron mientras tomaba a Bebé en los brazos -le decimos Bebé pero se llama Sofía y huele a chilca verde- y la alzaba para que Willy la besara, y ella dijo gugago y nos asomamos a la puerta y vimos cómo Willy se alejaba, con una tenaz nubecilla de polvo persiguiéndole y llegó el Viento Grande y todos los presentes suspiramos y levantamos y agitamos las manos, las patas, las antenas y las alas para decirle adiós y desearle feliz muerte.
Al fin de cuentas teníamos la certeza de que no volveríamos a verlo, porque de desearlo me hubiera bastado tomarle la pisada con un hilo muy blanco y enlazar los tres nudos mágicos y colgar la atadura bajo mi lecho, con lo que Willy se hubiera visto impulsado a regresar a mí, aún contra su voluntad. Pero esto no hubiera sido bueno para nadie, porque él ya no podría transformarse en un Extraño.
Así es que hubo una tremenda algarabía y un tumulto de ojos acechando brilló en las ramazones y luego se elevó el silencio, un pensativo río de silencio que atravesó las leguas y planeó sobre el desierto, donde las caracolas sueñan con las olas del mar nunca olvidado pero perdido para siempre, y hay peces grabados en la piedra y un basalto que llora manantiales y bosques enterrados.
Luego las sombras se acortaron para dar paso al mediodía y después se alargaron y un gigantesco pecho colorado se recostó en el cielo hacia el poniente y vinieron los grillos, las chicharras y también las luciérnagas y finalmente aparecieron las estrellas y las flores de los cactus gigantes despertaron.
Vi que las Tres Marías se alzaban en el cielo y un ave rezagada atravesaba el aire a contraluz de luna y me dispuse a dormir, confortada por las Presencias que velarían mi sueño, sabiendo que era preciso descansar porque al día siguiente los Normales llegarían, me ofrecerían la punta de los dedos y una mirada oscura para demostrar simpatía, escudriñando mi rostro y preguntándose por las misteriosas razones que habían decidido a Willy El Elegante a abandonarme en esa soledad, desamparada.
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