
ENSAYO
SILENCIO, OLVIDO,
MEMORIA.
Los derechos humanos en La Pampa
( Autor: Daniel C. Bilbao
Primer premio en el certamen anual "Vivir en Democracia", Santa Rosa, La Pampa)
INTRODUCCION
Salirse de sí mismo y lanzarse a explorar el territorio que
habitamos nos llevará a incontables aventuras, a infinitos descubrimientos. Por lo
pronto, no hay orillas próximas, no estamos rodeados de mar; apenas si algunas lagunas,
algún mezquino río que en otros tiempos... Es decir, no es una isla este lugar que por
la década del '20 escandalizaba a los anarquistas, que lo definían como "un
lugar habitado por presupuestívoros, aves negras y socialistas que invocan a los
espíritus". Y, entonces, advertimos que el viento y la arena, imperdonables, se
continúan en pampas verdes, arboladas, sembradas, apetecidas por burguesías ávidas de
poder que vieron desde siempre estas soledades como un territorio de conquista. Sus
"malones inversos" batieron impiadosamente, palmo a palmo, la Mapu, patria ancha
de seres de antiquísima presencia. Y la repoblaron. Vinieron rostros extraños y ajenos.
Vinimos. A trabajar. Crecieron los pueblos, mientras morían a golpes de hacha los bosques
de caldenes. La voracidad inglesa necesitaba alimentar sus fuegos. Se disputaban espacios,
tierras. Para ser más claro, propiedades, poder. Las mejores tierras para los más
poderosos, para los mejores amigos de la economía y la política central. ¿Qué mejor
definición para la palabra "progreso"? La historia adquirió vértigo. Todo el
vértigo posible en este "viejo mar donde navega el silencio".
¿Qué había ocurrido con todos esos seres que habitaban el reino de
la libertad, de los montes y lagunas, de enfilados duraznales en el desierto? El silencio,
capaz de imponerse al ulular del viento, pretendía ser el velo que encubriera su cruel
destino, culminación del genocidio. En estrechos e infames arenales de pobreza, en
colonias de sed, de desamparo. Si no marginados, explotados en trabajos rurales, o carne
de fortines fronterizos, o de guerras intestinas y ajenas. Despedidos de la historia,
silenciados. Sólo era cuestión de tener paciencia, pronto serían olvidados. Antigua
estratagema la del extrañamiento para que el silencio abra paso al olvido. ¿Qué
pretendía lograr aquel ocultamiento? Pues nada menos que ocultar los derechos que
aquellos seres humanos tenían por el sólo hecho de serlo. Derecho a la tierra que
habitaron desde siempre, a sus vidas, a la libertad. Derechos propios, inherentes a su
condición de personas, sagrados, inalienables, imprescriptibles. Las veladuras pronto
convirtieron toda aquella historia en un difuso sueño de otro tiempo, lejano, mítico,
transformado en citas bibliográficas, en monumentos de compromiso. Y henos aquí,
lectores, tranquilos y con la digestión hecha, releyendo en los libros de texto los
ineluctables hechos del pensamiento positivista, jugando a las ucronías, condoliéndonos.
Observadores, testigos descomprometidos.
¿Molestará
la calma de nuestra vida globalizada agitar historias que muchos dan por enterradas? ¿Un
trasnochado calvinista, un hugonote reclamando tolerancia y libertad de
conciencia hacia el pasado no es una imagen patética en tiempos de ideologías muertas,
de mundo unipolar? ¿Vale la pena denunciar al silencio, sus veladuras, sus historias
negadas? Repetiremos la historia; no hemos aprendido.
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