
GLOBALIZACION E IDENTIDAD CULTURAL
"La globalización neoliberal no sólo afecta a las economías de los
países menos desarrollados, sino que implica una amenaza a su cultura e identidad" (#) Lilliam Riera: "Una amenaza a la identidad cultural", Granma Internacional, Nº 254, Mayo/Junio de 1998. |
"El sentimiento de nuestra tradición revolucionaria y de los ideales que nos dieron vida como nación, está estrechamente ligado a la conquista de nuestra alma individual y colectiva y al arte, por lo tanto, que pueda surgir de ella. Esta alma no se conquistará por la mera contemplación o por un conocimiento desasido de la acción que impone el cumplimiento de dichos ideales, o su defensa tenaz frente a las fuerzasde la reacción, siempre en acecho. Y más en estos momentosen que tales fuerzas, con el apoyo foráneo, quieren retrotraernos a la Colonia". Juan L. Ortiz (#) |
Nuestro país, como muchos de sus hermanos de América Latina, ha sufrido a partir de la dictadura 1976/83, pero con particular intensidad en los dos últimos lustros, la adopción/imposición de un "modelo" socioeconómico y sociocultural de Hegemonía de Mercado, ajustado a los propósitos de dominación del gran capital trasnacional.
Como consecuencia de ello, el costo pagado por nuestras comunidades es realmente oprobioso, tremendo, si lo medimos por los índices de degradación de las condiciones laborales, sociales, sanitarias y educativas de los sectores populares. De la desaparición de la "movilidad social", que otrora enorgulleciera a países como la Argentina. Del imparable proceso de deterioro de los Términos del Intercambio. Del achicamiento y desarticulación de nuestros Mercados Internos. De la vulneración profunda y hasta el arrasamiento de muchos de nuestros ecosistemas por una hiperexplotación que, privilegiando el mayor lucro en el menor tiempo posible y desechando todo criterio de desarrollo sustentable, afecta gravemente la biodiversidad. De la desnacionalizaicón de la Banca, la Industria, la propiedad territorial, el comercio, etc. Y así, totalmente dominada su estructura económica privatizando el patrimonio público y extranjerizando el privado, la localización, la especialización y la magnitud de las actividades productivas, han pasado a depender de las estrategias y decisiones adoptadas por lejanos centros de poder, ajenos a nuestra realidad. Paralelamente, la creciente inequidad/iniquidad en la distribución del Ingreso Nacional, la escandalosa concentración de la riqueza, ha configurado un "modelo de doble exclusión": social y territorial.
Obviamente, en este proceso colaboraron capas y sectores dirigentes locales (políticos, empresariales, financieros), beneficiarios de las jugosas migajas del "negocio" que perpetró y continúa perpetrando el gran capital trasnacional, utilizando básicamente le mecanismo coactivo de la impagable Deuda Externa y las conocidas "recetas" (léase exigencias) de las entidades financieras internacionales.
¿Cuál ha sido el marco doctrinario, pretendidamente "filosófico", esgrimido para justificar esta ofensiva y la medradora "colaboración" de intereses locales antinacionales? Se han barajado muchos rótulos, bastante tramposos todos: Neoliberalismo, Nuevo Orden Económico, Fin-de-la-Historia, Fin-de-las-Ideologías, y reiteradamente "Globalización", "Mundialización", etc.
Todo este marco seudo "doctrinario", justificatorio del modelo, se presenta y ofrece al público desinformado con el atractivo y aséptico envoltorio del "discurso eufemístico". Gracias a él, a la pobreza y a la miseria se las denomina: "Necesidades Básicas Insatisfechas". A la precarización del trabajo y de los derechos del trabajador se la llama: "Flexibilización". A la usura se la nombra como: "Anatocismo" (intereses sobre intereses). O se habla de la creciente exclusión social en términos de "falencias" o de "ajustes, correcciones y asignaturas pendientes", cuando en verdad no se trata de errores ni de fallas del Modelo, sino de una condición, de un bárbaro requisito de funcionamiento del mismo.
El "discurso eufemístico" va tan lejos en boca de sus voceros "progresistas", que pretende hacernos creer que esta "Globalización" a la cual deberíamos resignarnos, constituye la antesala del Mundo Justo de las viejas utopías. Ese mundo de la equidad distributiva, la solidaridad y la fraternidad universales, donde se cumplirá la antigua consigna: "De cada cual según su capacidad, y a cada cual según su necesidad" (Sin embargo, vale la pena señalar que ese "discurso eufemístico" muy escasamente utiliza , y más bien rehuye, la palabra universalidad).
Vemos en todo esto, una vez más, que cuando al pan no se lo llama pan, ni al vino se lo llama vino, es por algo y para algo. Tal es la razón de ser, el crudo reverso de este "gato-por-liebre" que trata de ocultar o disfrazar lo inocultable.
Entre nosotros, el poeta Guillermo J. Herzel ya desnudó lúcidamente el engaño del discurso eufemístico junto a otros aspectos idiomáticos de la penetración imperial en la cultura, en su nota sobre: "La globalización y el lenguaje", a la cual nos remitimos. Pero, queremos transcribir, al menos, su categórico comienzo, pues se vincula íntimamente a todo lo expuesto hasta aquí:
"El conquistador ha tenido siempre muy claritas un montón de cosas. Entre ellas:
Y frente a este "marco", a esta incesante agresión que trata de avasallar particularmente a América Latina y al resto del Tercer Mundo: ¿Qué significa la identidad cultural de nuestros pueblos; la obra de nuestros creadores; las propuestas de nuestros artistas; los hallazgos de su intuición, de su imaginación, de su ética-de-oficio, de su reflexión, de su investigación, de su fantasía? ¿Qué papel cumplen en esta difícil coyuntura histórica? ¿Qué trascendencia revisten?
Enrique Leff, catedrático de la Universidad de México y coordinador del Programa Ambiental de las Naciones Unidas, ha señalado respecto del papel de las culturas, lo siguiente: "La cuestión de la cultura, de la resistencia cultural, se manifiesta no sólo como una resistencia contra el Mercado, sino como una apuesta y una apuesta en juego de la cultura para construir otros sentidos civilizatorios. (los subrayados nos pertenecen).
Y efectivamente constituye una "apuesta en juego", porque lo que está en juego es nada más y nada menos que el porvenir de la Humaniad, el humanismo de la Humanidad (como decía Saint-John Perse), valor mayor e innegociable que se niega a ser inmolado en los "autos de fe" del dios Mercado.
En esta "apuesta en juego", la identidad cultural de nuestros pueblos y nuestros creadores (su conciencia histórica, su cosmovisión o imago mundi, su acervo expresivo y artístico), despliegan su enorme potencialidad: diversificada, múltiple, tramada de interrelaciones generadoras. Por eso el citado Leff propone "pensar la cultura también como un potencial (. . .), pensar la cultura como un proceso vivo.
Si concordamos con él en que "estamos asistiendo a uno de los procesos más interesantes de este cambio paradigmático de nuestra sociedad: la reivindicación de las culturas", concluiremos que, en medio de este violento "cambio paradigmático", la identidad cultural se revela como un multiespacio: un espaico vivo, polivalente y polisignificante. (Dice Leff: "Tiene que ver con una resignificación del mundo. Una reubicación del mundo, en el mundo.")
Y es a partir de ese multiespacio que surgen y surgirán "otros sentidos civilizatorios", esos nuevos sentidos civilizatorios que urge a la Humanidad concebir y realizar, frente al agotamiento de un sistema que no ha podido resolver ninguno de los grandes problemas del Mundo actual (y algunos, que ya se consideraban resueltos y superados, vuelven a cobrar vigencia), y que más allá de la asombrosa "nueva era" de la robótica fabril y la maravilla en el campo de las comunicaciones, no tiene mayores respuestas que brindar a las acuciantes demandas de los pueblos de la "periferia".
Ahora bien: ¿y no resulta paradójico que sea la identidad cultural, es decir lo más propio, lo más auténtico y distintivo de cada pueblo, lo que constituya, a la vez, una "apuesta en juego" a la genuina y efectiva universalidad?
Sostenemos que la paradoja no es tal, porque las identidades culturales, tomadas en sus mejores y perdurables valores (aquellos que, por sí mismos, implican la negación de todo nacionalismo xenófobo, de todo regionalismo chauvinista), son manos tendidas hacia los nuevos sentidos civilizatorios. Pero manos reales, cada cual con su calidez, su textura, su lenguaje gestual, su código simbólico. Manos palpitantes, no meramente virtuales. Manos que ofrecen, en recíproca dación y gratuidad, los logros de su creatividad y el patrimonio de su memoria para enriquecimiento de todos los hombres y mujeres del mundo.
Claro está que si las identidades culturales son manos tendidas hacia la construcción de lo universal, debemos tener en cuenta que ninguna mano se tienden sino frente a otra que haga lo mismo. Jamás frente a la que empuña un arma, o aun puño cerrado. Y no olvidemos que la "Globalización" (hablando liso, muy liso como decía Nicolás Guillén), es, fundamentalmente, una agresión a nuestros pueblos.
El diálogo de las culturas debe ser un diálogo veraz, fidedigno (es decir: digno-de-fe), y ello sólo es posible cuando la relación humana se estable inter pares: con recíproco respeto, con mutua validación y con llaneza de corazones.
En situaciones de agresión/dominación, en cambio, el diálogo se torna arduo, "trabado", o se frustra sin más. Ejemplos emblemáticos, entre nosotros, son y han sido las relaciones con las culturas aborígenes americanas. Los pueblos originarios (como los llama ahora la Constitución Nacional), a partir de la reivindicación de su identidad perciben y denuncian la "relación de poder" que condiciona el diálogo, y marcan netamente los valores propios. O se abroquelan tras un intencionado silencio, ese último reducto, ese escudo impenetrable de orgullo final, cuando ya nada queda sino aquello que nadie nos puede arrancar: la memoria, el secreto de la memoria.
Como ilustración de las situaciones aludidas (desde la réplica/denuncia hasta el rechazo rotundo), daremos dos referencias correspondientes a nuestra región patagónica. El primer caso lo ilustra, con gran riqueza de contenidos, el célebre "Dia´logo entre el cacique Catriel, el Viejo, y Santiago Avendaño", recientemente rescatado del Archivo de Estanislao Zeballos, en el Museo de Luján, e incluido en el volumen "PAMPAS DEL SUD" Por su extensión no podemos transcribirlo, pero recomendamos especialmente su lectura.
Del otro caso poseemos un ejemplo más cercano en el tiempo, que agradecemos a Alejandra Siffredi. Se trata de la respuesta cruda y altiva, de doña Luisa Mercerat de Sapa, mestiza tehuelche meridional (aónik enk), oriunda de Tres Lagos, Provincia de Santa Cruz, en ocasión del Censo Indígena Nacional (1966/68). Al ser requerida para el "Registro de mitos y música, y la percepción del contacto" por un integrante del equipo censal, doña Luisa contestó lo siguiente:
"Y a vos¿qué te importan mis cantos?. . . Ustedes son los que nos jodieron y ahora quieren que les contemos nuestras cosas. . . Cuando yo muera, Elal me llevará al cielo. Y a vos ¿qué te importa mi dios? Vos tenés el tuyo y yo tengo el mío."
A la luz de ambos ejemplos, resulta evidente que un auténtico diálogo de culturas (a través del cual las distintas identidades culturales pueden construir la Universalidad), no encuentra rumbo abierto en condiciones de agresión/dominación, o que sean percibidas como tales. Constituye un derrotero que únicamente podrán trazar y transitar los pueblos y sus creadores, en tanto y en cuanto sean capaces de brindarse como manos sinceramente tendidas. Como un camino sin tranqueras.
El multiespacio de la identidad cultural, y en particular esa médula luminosa y generadora que, dentro del mismo, encarnan las artes y las letras /extendiendo ese concepto, inclusive a la literatura oral de las culturas ágrafas), representa un campo-en-tensión, un "campo magnético" activado por las "líneas de fuerza" convergentes/divergentes de múltiples valores del espíritu.
Y en función de esa multiplicidad de valores, la Identidad Cultural se erige como el espacio que naturalmente enfrenta a la agresión de la "Globalización"; a la banalización y frivolización de la vida que proclaman con prédica nada inocente, sus voceros mediáticos. (Mientras los efectos económicos de esa misma "Globalización" castigan cada vez más, en la vida real, a crecientes sectores de nuestra sociedad).
La identidad cultural, entonces, se revela y afirma como multiespacio:
- Espacio de libertad/
- Espacio de resistencia/
- Espacio de creación/
- Espacio de conocimiento/
- Espacio de utopía/. . .
Sin pretender, con esto, haber agotado el espectro seguramente más vasto, de los valores espirituales que concentra y difunde ese multiespacio, y dejando abierto a un análisis futuro el ahodamiento de cada uno de esos elementos, podemos cocnluir en que configura, sobre todo, un ámbito moral. Es, en síntesis, un espacio de dignidad para los pueblos y sus creadores. Como tal asumámoslo.
Santa Rosa, La Pampa, Sept. de 1999
N.B.: El presente trabajo constituye, en cierto modo, un "segundo abordaje" del tema tratado en: "Identidad Cultural, Universalidad y "Globalización", contribución presentada al XIIIº Encuentro de las Letras Pampeanas (Guatraché, 1997). Con posterioridad, fue editado en español el libro de Ulrich Beck titulado: "¿Qué es la globalización?" (1º Edición, Paidós, 1998).
En dicho libro, que alcanzó amplia repercusión, el destacado sociólogo alemán adopta un léxico que luego han recogido, entre nosotros, periodistas y escritores (ver, por ejemplo: Luis E. Rodeiro, "Concentración en los medios e identidad nacional. Rescatar la política", en revista "Umbrales", Córdoba, Año 5, Nº 10, Dic. 1998).
Partiendo de considerar a la globalización un fenómeno histórico ambiguo, ambivalente, Ulrich Beck designa como "globalidad" a los aspectos "positivos" del mismo, y en cambio llama "globalismo" a sus consecuencias negativas. Forzando un poco las cosas, el primer término podría asimilarse a lo que, desde nuestro trabajo de 1997, nombramos como Universalidad.
Personalmente, hemos preferido mantener nuestra nomenclatura, por considerarla semánticamente más clara al menos en español, que el uso de vocablos tan semejantes para considerar categorías antitéticas.
Por otra parte, el importante libro de Ulrich Beck es producto de una visión muy inteligente, pero naturalmente eurocéntrica, distante de las circunstancias, sentires y saberes de estas latitudes australes de América. El mismo lo ha admitido enrecientes declaraciones (ver: "Clarín", suplemento "Zona", 19/9/99)
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