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Cuentos Inmobiliarios

(Aguafuertes)

Durante años,  Angel Cirilo Aimeta, hombre de la cultura, de la democracia y de las causas justas, atesoró pequeños retratos de formas de pensar y de hacer de la gente de nuestra comunidad. Picado por el virus de la palabra escrita decidió volcar estas experiencias en el papel con el resultado que queda expuesto al juicio del lector. Uno podrá leerlas con afán antropológico o desde su perspectiva literaria. Quizás como regocijo para la mente . Sea cual fuere la opción, estamos seguros que estas pinceladas pampeanas no pasarán al olvido.

A qué se dedica ahora?
Recién comenzaba mi actividad, en agosto de 1976, cuando me encuentro en la vereda de la Inmobiliaria con un viejo conocido del campo, el paisano Sarola, al que conocía de mis andanzas por sus pagos en campañas políticas en mis tiempos de militancia, y el paisano me pregunta:

– Y dígame, amigo Aimetta, a qué se dedica ahora que están los militares?

– Cómo a qué me dedico ahora?... Puse una inmobiliaria, no ve allí arriba el cartel y aquí abajo la oficina?

– Ta bien, que mierda, la cuestión es no trabajar!

El plano
Al fin le vendí una vivienda a mi amigo Sarola, un hombretón de vozarrón áspero, medio esquivo, socarrón y bromista, y al otro día de habérsela entregado, le fui a llevar el plano que había quedado olvidado en la oficina.

Se levantó a atenderme medio dormido porque estaba sesteando. Y le digo:

– Lo molesto porque le vengo a traer el plano de la casa que le había prometido, don Sarola. Y medio cabrero y en simulado reproche, me dice:

– Pero, amigo, qué plano ni qué plano, no ve que estoy durmiendo la siesta? Además, ya no me hace falta, si a la casa ya la recorrí toda y la aprendí, este es el zaguán, allá está la cocina y el baño y en el fondo la pieza de la vieja.

Las dos señoras y la tumba de Dali
Dos clientas conversan disputando sus viajes al exterior, mientras esperan para firmar el documento que estoy elaborando:

– Como te digo, una de las grandes cosas que vi en mi último viaje a España fue la tumba de Dalí, en Barcelona.

– ¡Ay, que lástima!, me la perdí, yo no la pude ver porque cuando estuve hace dos años en Barcelona Dalí todavía no se había muerto.

Las dos señoras y la Plaza Mayor.
– Contame, ¿cómo está Madrid?

– Y... vos sabés: hermosa, como siempre.

– Callate, que cuando estuvimos -como te digo- hace dos años, con Alberto, fuimos una noche a cenar a la Plaza Mayor y nos contó el mesero que si hubiésemos ido la noche anterior, casi nos hubiésemos encontrado con el Rey Juan Carlos y la Reina Sofía, ya que se les había preparado la mesa inmediata a la nuestra para una cena con amigos, pero al fin se quedaron esperando porque los Reyes no concurrieron.

El dinero de Don Carlos
Viene el cliente a mi oficina y le pregunto:

– Va a retirar el dinero suyo Don Carlos?

– No, no, téngalo no más Usted don Cirilo, al dinero por estos días no lo quiero ni ver ni tocar porque ando muy seco!

Cómo hacerse de un terreno
Un amigo llega a la inmobiliaria y le pregunta a Daniel, mi colaborador:

– Cómo puede hacerse de a poquito de un terreno, un seco?

– Y... no sé, -le contestó Daniel- unicamente ahorrando en macetas.

Haberlo escuchado
Al retirarse, un cliente, todo ceremonioso, me dijo:

– Es una gran atención y un honor de su parte el haberme escuchado.

La porfiada
Estábamos haciendo un negocio difícil entre una abogada y dos gitanos y la discusión se había tornado áspera. Los gitanos tenían razón, pero la abogada no entraba en razones, hasta que un gitano le dijo al otro:

– No le discutás, Ramón, no ves que encima que es abogada es porfiada.

No trajo el dinero
Un cliente, que me debía, me viene a ver para averiguarme algunas cosas sobre el negocio que habíamos hecho ya hacía tiempo, y me dice:

– No le traje el dinero don Aimetta porque no sabía que venía para acá. (...?)

Compra con garantía
Un tipo muy ligero le compra a un cliente mío de Castex cinco chanchos para facturar.

– Me llevo no más los cinco chanchos y el lunes se los pago, Don Tino.

– Está bien –le contesta don Tino- pero yo necesito que me entregue algo a cuenta.

– ¡Ah caracho! Entonces hagamos así: yo cargo dos chanchos nada más y le dejo los otros tres de garantía, no le parece?

–Bueno, así, sí, le dijo el incauto dueño de los chanchos. Y le entregó dos. (Todavía lo está esperando).

DON  NAVARRETE

1) El camión nuevo y el camión viejo
Un viejo criollo de las afuera de Toay, amigo de años, me invita a su "chacrita" para ver si podía hacerle un remate de "cositas viejas" y algunos otros "negocitos", decía.

Entre las infinitas y heterogéneas cosas y trastos que había, me mostró que tenía, según él, un camión viejo y otro nuevo.

El viejo era una "Internacional 27" –así decía- y estaba prácticamente desarmado, montado sobre tacos de troncos y con el motor sacado y puesto en la cabina. El nuevo era un "Internacional 29", y lucía entero. El quería vender el viejo, no el nuevo, con el que viajaba "al Salao a comprar cueros y cerdas."

Con desconcierto, veo que en la caja del camión "nuevo", tenía una leyenda grande que decía:

–"V E N DO". Y entonces le pregunto:

– Pero... dígame don Navarrete, cuál camión quiere usted al fin vender?

– El viejo, hijo, el viejo.

–Y entonces porqué en la caja del nuevo dice "VENDO"?

–Porque con ése ando pa´ todos laos y con el cartel que le puse me fletea compradores para el viejo. - Cuando me preguntan si vendo el camión, yo les contesto que el que vendo es uno igual que tengo en casa.

2) La Criadita
A ese mismo criollo, en algunas de las visitas que le hago, le pregunto:

– Dígame don Navarrete, Usted está solo? Y la patrona?

– Ah!, la patrona, vea, se me fue, y mejor para ella y para mi porque ya estaba sosegada, mañosa y desganada. Se juntó con un hombre que es medio jefe en Vialidad, cuida los galpones o algo así. Y tuvo suerte la pobre, porque es un hombre muy bueno y está en muy buena posición, tiene su casita y una motito.

– Pero entonces Usted, en definitiva, está solo

– Nooo, yo me junté con la criadita que teníamos. Y viera lo disciplinada y hacendosa que es... No vio qué limpito está todo?

3) El marido de mi señora
Otro día que voy para llevarle unas escrituras, me dice:

– No me lleva hasta el pueblo, así me llego hasta el hospital porque tengo la criadita internada?

– Como no, -le dije-. Y lo traje.

– Primero vamos a pasar por la casa de mi señora, me avisa. Y en el viaje hablamos de cosas del campo. Y cuando llegamos, yo con alguna desconfianza –claro- sobre lo que podía ocurrir, me dice:

– Ese que está regando la vereda es el marido de mi señora y ella la que le está cebando mate. Bájese.

– No, le digo, lo espero, lo espero. Y se bajó, y los tres se dieron un beso en las dos mejillas y ahí no más, en la vereda, hablaron largo y apaciblemente los tres, mientras la señora hacía circular el mate renovado. Se despidieron del mismo modo, con un beso en cada mejilla, y yo llevé a mi amigo al Hospital.

No se preocupe Usted
A un cliente que me debe una cuenta vieja, se la reclamo un tanto airado y preocupado, y me contesta:

– No, no, Usted no se preocupe, Usted tranquilísese, que ya demasiado estoy preocupado yo, que le debo.

¿Inocente?
En un sonado caso de homicidio, estaba implicado el cliente que me viene a ver, porque me conoce de hace años. El juicio oral se le viene encima en poco tiempo más. Y me pregunta todas las cosas inherentes a qué debe hacer si va a la cárcel: ¿Puede vender estando preso?, ¿Lo inhabilitan para disponer de sus bienes?, ¿Puede cobrar el alquiler de unos ranchos que tenía, según él, en zona norte? Y cosas por el estilo.

Cuando acabo de responderle sus acuciantes preguntas, se levanta para irse, me saluda agradecido y en un tono bajo y rogativo, casi confesional, me dice:

– Dios quiera que sea inocente. ...

 Corazón frío

I- Velorio y boleto
Le estaba vendiendo un campo importante a un conocido Profesional del medio, hombre que había sabido hacer una gran fortuna en poco tiempo, como contratista del estado. Cuando los propietarios de campo, que vivían en Buenos Aires, se aprestaban a viajar a Santa Rosa para firmar el Boleto de Compraventa el día lunes, como habíamos convenido, al comprador se le murió su querido suegro el domingo a la noche.

Obviamente, sin consultarlo, y por delicadeza, llamé a los vendedores y les postergué el viaje para el día siguiente al entierro. Y acompañé al apesadumbrado cliente en el velatorio –su suegro era, también, muy conocido mío-.

El martes, al mediodía, calculando que ya se le habían alivianado los embargos y pesares del velorio, le avisé que se encontraban en Santa Rosa los propietarios del campo para firmar el Boleto.

– Qué lastima, me dijo, ayer a las 10 de la mañana, un rato antes de que enterráramos a mi suegro, firmé un Boleto en una escribanía comprando un campo similar ubicado enfrente del que usted me ofrecía. ...

II - Donde lo ponemos?
Al mismo cliente se le estaba muriendo lentamente el padre en el Sanatorio y, junto a su madre, velaba los momentos agónicos de su progenitor, cuando se le ocurre preguntarle a la madre:

– ¿Dónde lo vamos a poner?

Patio chico
Voy a tomarle la casa en venta a una señora y luego de algunas valoraciones y reparos que le formulo, me dice:

– Si ya sé que el problema de esta casa es que no tiene patio, pero mire: en la casa lindera de atrás –que tiene mucho patio- vive un viejito que anda tecleando. Y en la de este otro costado vive una viejita que en cualquier momento... en ambos casos, los herederos le podrán vender un poco de patio. Ya lo estuvimos hablando.

Cosas vedere (de Funcionarios) que no creyeres

I- Ante todo la austeridad

Mi empleado, a las 10 de la mañana, hora convenida, (pleno horario hábil de la Casa de Gobierno), espera en la puerta de la vivienda que tiene que mostrar.  La dueña, que es una funcionaria, llega, con su asistente, en un auto oficial con un chofer, para traer las llaves y abrir la casa.

No alcanza a preguntar quién es el comprador, cuando se aproximan y aparcan otros dos coches oficiales, cada uno con chofer, en los que vienen: en uno, el interesado, que es también funcionario, de otra área, acompañado de su secretaria privada; y en el otro, el Director de Arquitectura con otro arquitecto más a fin de ver la casa, analizar las reformas que le cabrían y darle al funcionario comprador su consejo técnico.

Después de aproximadamente una hora de displicente plática sobre la propiedad y algunas cuestiones oficiales, coincidiendo en su pelea con el Ministro de Hacienda por lo mezquino en darles partidas para afrontar los grandes gastos que les demanda su accionar, volvieron apresurados a sus arduas tareas.

II- El remisero-abastecedor.

Un señor me alquiló un local y, junto a otros dos que tenía, abrió una pequeña cadena de carnicerías. Entrado en confianza "se le escapó" decirme que eran en realidad (las carnicerías), de un funcionario amigo suyo, muy encumbrado por cierto, y que él era sólo un empleado al que le pagaba bien por figurar y ocuparse.

Otro señor - también testaferro del mismo funcionario- le hacía el abastecimiento a las tres con un carrozado. Este buen señor "tenía", además, una remisera.

El trabajo del abastecimiento a las carnicerías, el "distribuidor" se los facturaba a la Repartición del funcionario, pero con membrete de la remisera, abultando la cantidad de traslados y viajes de personas del Ministerio, para el que estaba contratado.

  1. Este si que se las trae!

Los mejores baños

Revisando minuciosamente la fastuosa casa de un funcionario de medio rango para tasarla, él y su mujer -que no dejaba de hablar y hablar, y alardear de las calidades y los lujos puestos-, me la mostraban como su fuera un trofeo al que cada uno de los dos le había puesto su toque personal en diferentes ambientes. En un momento de la recorrida, el marido, hace un aparte y me secretea en vos baja:

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