
Ojos de videotape: Tres imágenes de los
ranqueles Axel Lazzari[2] |
Este mundo extrañará por siempre
que siempre
Una Excursión a
los Indios Ranqueles, ustedes ya
saben de que hablo. ¿Sabrán también que hubo otras excursiones? Tal vez una por cada
integrante de la comitiva que acompañó a Mansilla. Tal vez múltiples, si contamos cada
fragmento acudiendo ocasionalmente a la memoria de sus protagonistas. Tal vez infinitas,
si registramos la narración de aquellos que escucharon o leyeron las remembranzas de
alguno que haya leído o escuchado algo de la famosa excursión.
Y sin embargo,
sólo una, solamente Una Excursión a los Indios
Ranqueles. Sólo una Excursión, y sólo unos Indios Ranqueles esperando ser el
destino final de una excursión. ¿Por qué? ¿Cómo?
Hubo dos
excursiones más a los indios ranqueles, ustedes también saben de qué hablo. Es verdad,
así es. Las excursiones de fray Donati y fray Álvarez, franciscanos los monjes y la de
Burela, dominico el padre.
Y sin embargo,
sólo tres, solamente tres excursiones a los indios ranqueles. ¿Por qué? ¿Cómo?
¿Y las otras?
¿Hubo otras? ¿Dónde están las otras excursiones? ¿En el pasado o en el futuro?
¿Quiénes las contaron, quiénes las callarán? ¿Quiénes las realizaron, quiénes las
padecieron? Por ejemplo, concibamos una excursión de los indios ranqueles. Imposible. Los
ranqueles no excursionaban, no salían de su territorio para visitar otros. Los ranqueles
cuando salían de su territorio -se decía- no realizaban excursiones, sino incursiones.
Invadían el territorio de otros. ¿Qué harán hoy y mañana los ranqueles? Ya ven: no sólo hay
infinitas excursiones. Cada una de ellas quiere contar una historia propia.
Estas palabras
en voz alta, lo sé, son un tanto confusas. Esta confusión mía proviene de lo difícil
que se hace hoy en día hacer historia o hacer antropología. En los cenáculos
académicos de los que provengo ya no hablamos de verdad sino de efectos de verdad, ya no
hablamos de realidad, sino de construcción de la realidad. Dejamos de hablar de
objetividad, para charlar de intersubjetividades, de construcción y deconstrucción de
objetos. Así transcurrimos nuestros días hoy, más o menos acomodados a este nuevo
paradigma de cientificidad.
Podemos evocar
el título de un influyente libro para pintar un poco este estado de cosas: Todo lo
que es sólido se diluye en el aire. Esto no es nuevo, de hecho el autor -Marshal
Berman- citó allí un pasaje del Manifiesto Comunista escrito por Marx y Engels a
mediados del siglo pasado. ¿Qué quiso simbolizar? La experiencia del Occidente Moderno:
la ausencia de certezas, el vértigo de la duda, la sospecha de toda metafísica.
Cuando Marx y
Engels escribieron al pasar esa frase no pensaban en las consecuencias que de ella podría
sacar Berman y otros contemporáneos. De hecho, estos filósofos revolucionarios
pretendían señalar un estado del mundo que había sido cambiado por la burguesía, una
situación que ya no se presentaba como monolítica y cristalizada sino en plena
ebullición proteiforme.
Para Marx y
Engels, lo que se desvanecía en su época era la solidez del poder, de la injusticia, de
la miseria y el sufrimiento. Y ese desvanecimiento -lucha de clases mediante- daría
nacimiento a un mundo genuinamente sólido: una sociedad de iguales, una sociedad
transparente. La ausencia de dominación y de confusión, en eso consistía -según ellos-
la felicidad del género humano.
Hoy la misma
frase retumba en la academia y en la política hegemónicas con tonalidades bien
diferentes. Todo se desvanece, pero más que nada la idea de una promesa cierta de
felicidad. La incerteza de felicidad va de la mano con la incerteza de un mundo cuya
solidez y realidad imperfectas podrían ser alteradas para acaso soñar con esa misma
felicidad. Todo transcurre como si las herramientas cognitivas y morales -la realidad, la
objetividad, la ciencia, la humanidad...- hubiesen sido declaradas inútiles por estar
orientadas hacia una utopía inalcanzable.
Creo que me
estoy extendiendo en estos preparativos de viaje. El reloj, seducido por la hora de
partida, y aún no están las alforjas llenas de lo imprescindible, sólo de lo
imprescindible. Ustedes dirán. ¿Y los ranqueles? Denme unos minutos.
Ya he empacado
los recuerdos de esta provincia eterna que es mi deseo. Es bueno llevarlos conmigo, en
caso de que la hora de morir no me sorprenda sin una esperanza. Pero como creo que
volveré sano y salvo, llevó también las cosas que más me divierten y me ayudan a pasar
este tiempo cínico. Estas cosas son leves, muy leves.
Comencemos por
la idea de discurso. Es muy útil, ya lo verán. Con ella juego construyendo
paradojas y sofismas que diluyen todas aquellas certezas que, lo admito, todavía me
consuelan. El concepto de discurso me sirvió, por ejemplo, para plantear
dudas sobre cuantas excursiones hubo, sobre la diferencia entre excursión e incursión,
sobre quienes son capaces de hacer excursiones, sobre quiénes las cuentan.
No es éste el
lugar para hacer un rastreo de la noción de discursividad. Me limito a exponer un
pequeño argumento. Si pensamos modernamente, debemos admitir la dificultad de
defender una naturaleza realmente natural para el hombre. Quiero decir, el hombre moderno
-y la expansión de esta concepción a escala ecuménica- se caracteriza por su diferencia
con la naturaleza, de la cual se distingue por su sociabilidad.
Ahora bien,
dadas la interdepedencia y densidad de las relaciones sociales, no es descaminado afirmar
que la sociedad es lo que constituye la naturaleza del hombre. Pero esta naturaleza social
del hombre sigue siendo concebida como subsidiaria de la naturaleza natural. Por esta
razón, se habló y se habla de una segunda naturaleza subordinada a la
primera naturaleza. Ha sucedido y seguirá sucediendo que para legitimar
argumentos morales de diversa índole -filosóficos, religiosos, políticos, étnicos,
económicos- se apele a esta diferencia fundamental entre hombre natural y hombre social o
cultural. Cuando las crisis sociales arrecian, hay llamamientos diversos para emprender el
retorno a la esencia natural del hombre, se defina ésta como se quiera.
¿Qué tiene que
ver esto con la noción de discurso? Bastante. Realicemos una simple
operación. Sustituyamos la frase segunda naturaleza por discurso
y afirmemos que la jerarquía entre primera y segunda naturalezas se ha disuelto. ¿Qué
obtenemos? La idea de que lo social y lo cultural encuentra su medio de existencia en lo
discursivo o, como otros prefieren, en lo simbólico. Y que por fuera del
discurso existe sólo una cosa: la nada.
Veamos: los
lenguajes de diverso tipo constituyen medios de expresión. Pero cabría preguntarse: ¿De
qué hablan los lenguajes? Prevalece en el sentido común la idea de que el lenguaje sirve
para hablar de la realidad y ayuda a pensar la realidad. ¿Pero qué realidad? ¿No sería
más preciso decir que con el discurso, con los símbolos, intervenimos sobre algo que
llamamos y creemos como realidad? ¿Qué es la realidad sino una construcción
simbólica y discursiva? La realidad, o lo que yo antes llamaba la primera naturaleza del
hombre, ha sido absorbida por la segunda naturaleza para, en el proceso, desaparecer
ambas. Es muy difícil, sin caer en paradojas y aporías, defender que existe una realidad
fuera del discurso. Como decía un filósofo francés, desde el siglo XVII en Occidente el
reino de las palabras se ha ido distanciando más y más del reino de las cosas. Los
discursos ya no versan sobre las cosas, sino sobre otros discursos. Realidad,
naturaleza, pasado, en fin toda noción de cosa o sustancia no es
algo que se corresponda con algo ahí afuera sino con algo que está
aquí adentro, bien adentro del discurso.
Creo que ahora me
entenderán mejor cuando planteaba las infinitas excursiones a los ranqueles. No se trata
de ver en ellas versiones, o imágenes de una misma cosa -como el título de esta ponencia
erróneamente puede sugerir. Son discursos que nacen y circulan entre otros discursos.
Cada uno de ellos construye un perfil de lo que hace que un ranquel sea un ranquel. Se
enmarañan, se confunden, se distinguen y se oponen. Los autores de estos
discursos creían firmemente estar captando la esencia del ranquel en la frontera del
siglo pasado. ¿Hoy qué creemos? Seguramente no creemos lo mismo.
La otra noción
que quiero compartir antes de partir de viaje es la de hegemonía. Si con el
concepto de discurso nos deshicimos de la realidad, con la idea de hegemonía
volvemos a ella, pero la encontramos transfigurada. ¿Cómo es esto?
Es verdad que la
noción de realidad puede relativizarse, pero ¿por qué seguimos actuando cotidianamente
como si existiera ahí afuera? La forma de salvar esta contradicción es
pensando que la realidad que nosotros tomamos por dada es producto de un sentido
común. Literalmente, de una comunidad de sentidos. Admitimos y
consentimos sin preguntarnos porqué, el que las cosas sean así y no de otra forma. Pero
no todos, en tanto individuos o miembros de diferentes grupos, participamos igualmente en
la edificación y en el sesgo que se le da a esa comunidad de sentidos. La comunidad de
sentidos sirve para comunicarnos pero no es comunitaria. Aun más, la comunidad de
sentidos es un vehículo de relaciones de poder que marcan quiénes fuimos, somos y
seremos lado a lado con qué fueron, son y serán las cosas. Todo esto, desde el ángulo
privilegiado de algunos grupos que controlan, mejor que otros, la circulación del
discurso. El sentido común es el horizonte que ciñe nuestras esperanzas y nos enseña a
sufrir en los brazos cálidos del poder.
Crear e
se romance entre
la realidad y el sentido común, ese es el papel de la hegemonía. Siempre está activa en
nuestras cabezas. La práctica hegemónica del poder conjura las fragilidades y dudas
acerca del orden social injusto, consensuando ciertos reclamos, ciertas locuras, ciertas
idioteces para evitar que, negándolas, ellas se hagan más y más incontrolables. La
hegemonía no tiene que ver con la represión sino con la incitación a mostrar lo que
cada uno tiene que aportar al bien común.
Ese bien común habita en la realidad pero también
en todas las otras construcciones del discurso. A mí me interesa mostrarles al
estado-nacional -a Argentina- como ese bien común.
Yo creo que la
excursión a los ranqueles ocurrida en 1870, y las versiones que la narraron, no pueden
entenderse fuera del proceso formativo del estado nacional en la frontera sur de Córdoba.
Las imágenes de los ranqueles allí reflejadas estaban engarzadas en la sombra
hegemónica de una patria, de una nación y de una religión frente a las que los
ranqueles se manifestaban antagónicamente. Había que hacer creer que la patria, la
nación y la religión eran necesarias, reales, imprescindibles para redimir a aquellos
que debían consentir en ser ranqueles, para luego aprender a ser indios argentinos. Y
todo esto para ampliar la expansión de un orden social moderno, civilizado, capitalista
sobre nuevas poblaciones y tierras -estas mismas tierras que hoy albergan mi palabra.
Ya puedo resumir
todo lo dicho en dos párrafos. Mi intención es reflexionar sobre la construcción de la
identidad ranquel en el contexto general de una guerra interétnica en la frontera de un
estado en formación. Con este objetivo analizaré tres textos. a) Una Excursión a los
Indios Ranqueles, escrita por Lucio V. Mansilla (de mayo a setiembre de 1870), b) la Memoria de la
Expedición al Desierto presentada al Ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública
por el R.P. Fray Domingo Burela (25/5/1870) y, c) la Relación entregada al Padre
Visitador de la Orden de San Francisco por el Prefecto Padre Marcos Donati por el
Capítulo del año 1871 (12/8/1871).
La tesis que
quiero discutir con ustedes es la siguiente. La posibilidad de consolidación de un estado
nacional depende del establecimiento de alianzas tácticas con grupos que manifiestan
proyectos de poder antagónicos al del grupo dominante. Estos procesos de hegemonía se
dan tanto entre fracciones del grupo dominante como entre éste y grupos dominados. La
historia secular del campo interétnico en la región que hoy llamamos pampa,
tuvo por efecto la conformación de una frontera de guerra cerca de estos pagos, en la que
dos poblaciones se enfrentaban, pactaban, se distinguían y confundían. Unas fueron
llamadas ranqueles, otras argentinas.
Los que creían
y les era permitido y hasta obligado a creerse que eran argentinos imaginaban
simplifico- dos formas de la figura ranquel. Una, era la del indio muerto. Otra, era
la del indio argentino. Estas imágenes estaban disponibles en diversos grados y
situaciones para cada argentino en esa frontera -aunque no eran lo mismo, como
veremos, un comandante de frontera, un misionero y un cura bolichero- y alternaban como
discursos de exterminio y de humanismo.
Lo que yo analizaré son textos humanistas. Textos que pretendían construir a los ranqueles como indios argentinos o como indios cristianos. Son discursos que deseaban incluir en el cuerpo de la nación naciente y de la iglesia evangélica a estas poblaciones. Para ello, debían diseñar perfiles ranqueles que los hicieran merecedores de clemencia y salvación. Sin embargo, la redención que buscaban para esos grupos que se creían y les era permitido y hasta obligado a creerse que eran ranqueles, implicaba posicionarlos como subalternos en todos los órdenes sociales, pero sobre todo en el de las identidades. Para ser salvas, esas poblaciones deberían someterse a una máquina discursiva que siempre les recordaría -desde la misión, la escuela, el ingenio, la estancia- su pecado original: son argentinos y cristianos, pero no olviden que llevan en su frente la marca de la indianidad.
[2] Antropólogo. Universidad de Morón, Universidad de Buenos Aires.