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Ojos de videotape: Tres imágenes de los ranqueles
en esta frontera de esta nación[1]

Axel Lazzari[2]

Este mundo extrañará por siempre la película que vi una vez y este mundo te dirá
que siempre es mejor mirar a la pared

 Preparativos

Una Excursión a los Indios Ranqueles, ustedes ya saben de que hablo. ¿Sabrán también que hubo otras excursiones? Tal vez una por cada integrante de la comitiva que acompañó a Mansilla. Tal vez múltiples, si contamos cada fragmento acudiendo ocasionalmente a la memoria de sus protagonistas. Tal vez infinitas, si registramos la narración de aquellos que escucharon o leyeron las remembranzas de alguno que haya leído o escuchado algo de la famosa excursión.

Y sin embargo, sólo una, solamente Una Excursión a los Indios Ranqueles. Sólo una Excursión, y sólo unos Indios Ranqueles esperando ser el destino final de una excursión. ¿Por qué? ¿Cómo?

Hubo dos excursiones más a los indios ranqueles, ustedes también saben de qué hablo. Es verdad, así es. Las excursiones de fray Donati y fray Álvarez, franciscanos los monjes y la de Burela, dominico el padre.

Y sin embargo, sólo tres, solamente tres excursiones a los indios ranqueles. ¿Por qué? ¿Cómo?

¿Y las otras? ¿Hubo otras? ¿Dónde están las otras excursiones? ¿En el pasado o en el futuro? ¿Quiénes las contaron, quiénes las callarán? ¿Quiénes las realizaron, quiénes las padecieron? Por ejemplo, concibamos una excursión de los indios ranqueles. Imposible. Los ranqueles no excursionaban, no salían de su territorio para visitar otros. Los ranqueles cuando salían de su territorio -se decía- no realizaban excursiones, sino incursiones. Invadían el territorio de otros. ¿Qué harán hoy y mañana los ranqueles? Ya ven: no sólo hay infinitas excursiones. Cada una de ellas quiere contar una historia propia.

Estas palabras en voz alta, lo sé, son un tanto confusas. Esta confusión mía proviene de lo difícil que se hace hoy en día hacer historia o hacer antropología. En los cenáculos académicos de los que provengo ya no hablamos de verdad sino de efectos de verdad, ya no hablamos de realidad, sino de construcción de la realidad. Dejamos de hablar de objetividad, para charlar de intersubjetividades, de construcción y deconstrucción de objetos. Así transcurrimos nuestros días hoy, más o menos acomodados a este nuevo paradigma de cientificidad.

Podemos evocar el título de un influyente libro para pintar un poco este estado de cosas: “Todo lo que es sólido se diluye en el aire”. Esto no es nuevo, de hecho el autor -Marshal Berman- citó allí un pasaje del Manifiesto Comunista escrito por Marx y Engels a mediados del siglo pasado. ¿Qué quiso simbolizar? La experiencia del Occidente Moderno: la ausencia de certezas, el vértigo de la duda, la sospecha de toda metafísica.

Cuando Marx y Engels escribieron al pasar esa frase no pensaban en las consecuencias que de ella podría sacar Berman y otros contemporáneos. De hecho, estos filósofos revolucionarios pretendían señalar un estado del mundo que había sido cambiado por la burguesía, una situación que ya no se presentaba como monolítica y cristalizada sino en plena ebullición proteiforme.

Para Marx y Engels, lo que se desvanecía en su época era la solidez del poder, de la injusticia, de la miseria y el sufrimiento. Y ese desvanecimiento -lucha de clases mediante- daría nacimiento a un mundo genuinamente sólido: una sociedad de iguales, una sociedad transparente. La ausencia de dominación y de confusión, en eso consistía -según ellos- la felicidad del género humano.

Hoy la misma frase retumba en la academia y en la política hegemónicas con tonalidades bien diferentes. Todo se desvanece, pero más que nada la idea de una promesa cierta de felicidad. La incerteza de felicidad va de la mano con la incerteza de un mundo cuya solidez y realidad imperfectas podrían ser alteradas para acaso soñar con esa misma felicidad. Todo transcurre como si las herramientas cognitivas y morales -la realidad, la objetividad, la ciencia, la humanidad...- hubiesen sido declaradas inútiles por estar orientadas hacia una utopía inalcanzable.

Creo que me estoy extendiendo en estos preparativos de viaje. El reloj, seducido por la hora de partida, y aún no están las alforjas llenas de lo imprescindible, sólo de lo imprescindible. Ustedes dirán. ¿Y los ranqueles? Denme unos minutos.

Ya he empacado los recuerdos de esta provincia eterna que es mi deseo. Es bueno llevarlos conmigo, en caso de que la hora de morir no me sorprenda sin una esperanza. Pero como creo que volveré sano y salvo, llevó también las cosas que más me divierten y me ayudan a pasar este tiempo cínico. Estas cosas son leves, muy leves.

Comencemos por la idea de “discurso”. Es muy útil, ya lo verán. Con ella juego construyendo paradojas y sofismas que diluyen todas aquellas certezas que, lo admito, todavía me consuelan. El concepto de “discurso” me sirvió, por ejemplo, para plantear dudas sobre cuantas excursiones hubo, sobre la diferencia entre excursión e incursión, sobre quienes son capaces de hacer excursiones, sobre quiénes las cuentan.

No es éste el lugar para hacer un rastreo de la noción de discursividad. Me limito a exponer un pequeño argumento. Si pensamos “modernamente”, debemos admitir la dificultad de defender una naturaleza realmente natural para el hombre. Quiero decir, el hombre moderno -y la expansión de esta concepción a escala ecuménica- se caracteriza por su diferencia con la naturaleza, de la cual se distingue por su sociabilidad.

Ahora bien, dadas la interdepedencia y densidad de las relaciones sociales, no es descaminado afirmar que la sociedad es lo que constituye la naturaleza del hombre. Pero esta naturaleza social del hombre sigue siendo concebida como subsidiaria de la naturaleza natural. Por esta razón, se habló y se habla de una “segunda naturaleza” subordinada a la “primera naturaleza”. Ha sucedido y seguirá sucediendo que para legitimar argumentos morales de diversa índole -filosóficos, religiosos, políticos, étnicos, económicos- se apele a esta diferencia fundamental entre hombre natural y hombre social o cultural. Cuando las crisis sociales arrecian, hay llamamientos diversos para emprender el retorno a la esencia natural del hombre, se defina ésta como se quiera.

¿Qué tiene que ver esto con la noción de “discurso”? Bastante. Realicemos una simple operación. Sustituyamos la frase “segunda naturaleza” por “discurso” y afirmemos que la jerarquía entre primera y segunda naturalezas se ha disuelto. ¿Qué obtenemos? La idea de que lo social y lo cultural encuentra su medio de existencia en lo discursivo o, como otros prefieren, en lo “simbólico”. Y que por fuera del discurso existe sólo una cosa: la nada.

Veamos: los lenguajes de diverso tipo constituyen medios de expresión. Pero cabría preguntarse: ¿De qué hablan los lenguajes? Prevalece en el sentido común la idea de que el lenguaje sirve para hablar de la realidad y ayuda a pensar la realidad. ¿Pero qué realidad? ¿No sería más preciso decir que con el discurso, con los símbolos, intervenimos sobre algo que llamamos y creemos como “realidad”? ¿Qué es la realidad sino una construcción simbólica y discursiva? La realidad, o lo que yo antes llamaba la primera naturaleza del hombre, ha sido absorbida por la segunda naturaleza para, en el proceso, desaparecer ambas. Es muy difícil, sin caer en paradojas y aporías, defender que existe una realidad fuera del discurso. Como decía un filósofo francés, desde el siglo XVII en Occidente el reino de las palabras se ha ido distanciando más y más del reino de las cosas. Los discursos ya no versan sobre las cosas, sino sobre otros discursos. “Realidad”, “naturaleza”, “pasado”, en fin toda noción de cosa o sustancia no es algo que se corresponda con algo “ahí afuera” sino con algo que está “aquí adentro”, bien adentro del discurso.

Creo que ahora me entenderán mejor cuando planteaba las infinitas excursiones a los ranqueles. No se trata de ver en ellas versiones, o imágenes de una misma cosa -como el título de esta ponencia erróneamente puede sugerir. Son discursos que nacen y circulan entre otros discursos. Cada uno de ellos construye un perfil de lo que hace que un ranquel sea un ranquel. Se enmarañan, se confunden, se distinguen y se oponen. Los “autores” de estos discursos creían firmemente estar captando la esencia del ranquel en la frontera del siglo pasado. ¿Hoy qué creemos? Seguramente no creemos lo mismo.

La otra noción que quiero compartir antes de partir de viaje es la de “hegemonía”. Si con el concepto de “discurso” nos deshicimos de la realidad, con la idea de hegemonía volvemos a ella, pero la encontramos transfigurada. ¿Cómo es esto?

Es verdad que la noción de realidad puede relativizarse, pero ¿por qué seguimos actuando cotidianamente como si existiera “ahí afuera”? La forma de salvar esta contradicción es pensando que la realidad que nosotros tomamos por dada es producto de un “sentido común”. Literalmente, de una “comunidad de sentidos”. Admitimos y consentimos sin preguntarnos porqué, el que las cosas sean así y no de otra forma. Pero no todos, en tanto individuos o miembros de diferentes grupos, participamos igualmente en la edificación y en el sesgo que se le da a esa comunidad de sentidos. La comunidad de sentidos sirve para comunicarnos pero no es comunitaria. Aun más, la comunidad de sentidos es un vehículo de relaciones de poder que marcan quiénes fuimos, somos y seremos lado a lado con qué fueron, son y serán las cosas. Todo esto, desde el ángulo privilegiado de algunos grupos que controlan, mejor que otros, la circulación del discurso. El sentido común es el horizonte que ciñe nuestras esperanzas y nos enseña a sufrir en los brazos cálidos del poder.

Crear e             se romance entre la realidad y el sentido común, ese es el papel de la hegemonía. Siempre está activa en nuestras cabezas. La práctica hegemónica del poder conjura las fragilidades y dudas acerca del orden social injusto, consensuando ciertos reclamos, ciertas locuras, ciertas idioteces para evitar que, negándolas, ellas se hagan más y más incontrolables. La hegemonía no tiene que ver con la represión sino con la incitación a mostrar lo que cada uno tiene que “aportar al bien común”.   Ese “bien común” habita en la “realidad” pero también en todas las otras construcciones del discurso. A mí me interesa mostrarles al “estado-nacional” -a “Argentina”- como ese “bien común”.

Yo creo que la excursión a los ranqueles ocurrida en 1870, y las versiones que la narraron, no pueden entenderse fuera del proceso formativo del estado nacional en la frontera sur de Córdoba. Las imágenes de los ranqueles allí reflejadas estaban engarzadas en la sombra hegemónica de una patria, de una nación y de una religión frente a las que los ranqueles se manifestaban antagónicamente. Había que hacer creer que la patria, la nación y la religión eran necesarias, reales, imprescindibles para redimir a aquellos que debían consentir en ser ranqueles, para luego aprender a ser indios argentinos. Y todo esto para ampliar la expansión de un orden social moderno, civilizado, capitalista sobre nuevas poblaciones y tierras -estas mismas tierras que hoy albergan mi palabra.

Ya puedo resumir todo lo dicho en dos párrafos. Mi intención es reflexionar sobre la construcción de la identidad ranquel en el contexto general de una guerra interétnica en la frontera de un estado en formación. Con este objetivo analizaré tres textos. a) Una Excursión a los Indios Ranqueles, escrita por Lucio V. Mansilla (de mayo a setiembre de 1870), b) la Memoria de la Expedición al Desierto presentada al Ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública por el R.P. Fray Domingo Burela (25/5/1870) y, c) la Relación entregada al Padre Visitador de la Orden de San Francisco por el Prefecto Padre Marcos Donati por el Capítulo del año 1871 (12/8/1871).

La tesis que quiero discutir con ustedes es la siguiente. La posibilidad de consolidación de un estado nacional depende del establecimiento de alianzas tácticas con grupos que manifiestan proyectos de poder antagónicos al del grupo dominante. Estos procesos de hegemonía se dan tanto entre fracciones del grupo dominante como entre éste y grupos dominados. La historia secular del campo interétnico en la región que hoy llamamos “pampa”, tuvo por efecto la conformación de una frontera de guerra cerca de estos pagos, en la que dos poblaciones se enfrentaban, pactaban, se distinguían y confundían. Unas fueron llamadas “ranqueles”, otras “argentinas”.

Los que creían y les era permitido y hasta obligado a creerse que eran “argentinos” imaginaban –simplifico- dos formas de la figura ranquel. Una, era la del indio muerto. Otra, era la del indio argentino. Estas imágenes estaban disponibles en diversos grados y situaciones para cada “argentino” en esa frontera -aunque no eran lo mismo, como veremos, un comandante de frontera, un misionero y un cura bolichero- y alternaban como discursos de exterminio y de humanismo.

Lo que yo analizaré son textos humanistas. Textos que pretendían construir a los ranqueles como indios argentinos o como indios cristianos. Son discursos que deseaban incluir en el cuerpo de la nación naciente y de la iglesia evangélica a estas poblaciones. Para ello, debían diseñar perfiles ranqueles que los hicieran merecedores de clemencia y salvación. Sin embargo, la redención que buscaban para esos grupos que se creían y les era permitido y hasta obligado a creerse que eran “ranqueles”, implicaba posicionarlos como subalternos en todos los órdenes sociales, pero sobre todo en el de las identidades. Para ser salvas, esas poblaciones deberían someterse a una máquina discursiva que siempre les recordaría -desde la misión, la escuela, el ingenio, la estancia- su pecado original: son argentinos y cristianos, pero no olviden que llevan en su frente la marca de la indianidad.

[1] Versión casi idéntica a la presentada a las Cuartas Jornadas de Historia y Cultura Ranquelinas celebradas en La Carlota (Córdoba) entre el 30 y 31 de octubre de 1998. Está inspirada en partes de un trabajo mayor titulado ‘¡Vivan los indios argentinos!’ Análisis de las estrategias discursivas de etnicización/ Nacionalización de los ranqueles en una situación de frontera.

[2] Antropólogo. Universidad de Morón, Universidad  de Buenos Aires.

Puede bajar el ensayo completo  a su computadora titila.gif (969 bytes)

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